
Del fuego y la tierra a la pista de baile: cómo el festival encontró su pulso electrónico
Enclavado en los campos de agave azul de José Cuervo, en Tequila —territorio reconocido como Patrimonio Mundial por la UNESCO—, Akamba nació en 2018 como una celebración que iba más allá de la música. Desde el inicio, el festival se planteó como un encuentro entre la tierra, el fuego y la cultura local, utilizando el paisaje agavero no solo como escenario, sino como parte activa de la experiencia.
El nombre Akamba, que en purépecha significa agave, funciona como declaración de origen. La tierra roja, el volcán al fondo y los campos infinitos marcaron desde la primera edición un carácter distinto: no se trataba de un concierto convencional, sino de un punto de reunión donde lo ancestral y lo contemporáneo podían coexistir sin fricciones.

De la diversidad sonora al lenguaje del club
En sus primeras ediciones, Akamba presentó una curaduría amplia. Bandas en vivo, proyectos híbridos y DJs compartían cartel bajo la visión de Distrito Global, apostando por la diversidad musical como reflejo de la riqueza cultural de la región. Sin embargo, con el paso del tiempo, el festival comenzó a definir con mayor claridad su identidad sonora.
En los últimos años, el enfoque se ha desplazado de forma natural hacia la música electrónica de club, particularmente el house, el techno y las vertientes melódicas. El cambio no fue abrupto, sino progresivo, respondiendo tanto al contexto global como a la manera en que el público empezó a habitar el espacio: largas horas de baile, sets extendidos y una relación más directa con la pista.
Nombres como CamelPhat, Overmono, Dixon, WhoMadeWho, Monolink o Polo & Pan han encabezado ediciones recientes, consolidando a Akamba como un festival que entiende el ritmo como eje central de la experiencia.






Una electrónica que no rompe con la tradición
Lejos de diluir su esencia original, la evolución electrónica de Akamba convive con su raíz cultural. El festival sigue concibiéndose como una experiencia multisensorial donde la música es solo uno de los elementos que construyen el relato.
El arte contemporáneo ha cobrado un papel clave: instalaciones inmersivas dialogan con el paisaje agavero y transforman los campos en una galería viva al caer la noche. A esto se suma una propuesta gastronómica que pone en el centro a chefs y mixólogos locales, quienes reinterpretan sabores de Jalisco desde una lógica contemporánea y sostenible.
Incluso el trayecto forma parte del ritual. El Akamba Express, un tren que parte desde Guadalajara, convierte el viaje en antesala del festival, con DJs a bordo, coctelería basada en tequila y vistas abiertas del valle agavero. Todo está pensado para que la experiencia comience antes de llegar y se prolongue más allá del escenario.
Akamba 2026: la pista como punto de encuentro
La próxima edición de Akamba se celebrará el 25 de abril de 2026, nuevamente en los campos de agave de José Cuervo, en Tequila, Jalisco. Los primeros artistas confirmados dejan claro el rumbo de esta nueva entrega: una curaduría enfocada en el club y la pista de baile.
El B2B de Adam Ten y Mita Gami, el live set de Ben Böhmer y el proyecto danés Tripolism representan distintas lecturas del house y la electrónica contemporánea, todas alineadas con un formato pensado para sesiones largas y narrativas musicales sostenidas. A lo largo de los próximos meses se espera el anuncio de más nombres, siguiendo la dinámica habitual del festival.
Un festival que entiende su entorno
Hoy, Akamba se posiciona como uno de los encuentros electrónicos más singulares de México. No solo por su cartel, sino por la forma en que integra paisaje, tradición y música sin forzar el discurso. La electrónica no sustituye a la identidad original; la amplifica.
Entre agaves y beats, Akamba sigue construyendo un espacio donde la cultura local y la música global se encuentran en un mismo pulso, recordando que la pista de baile también puede ser un acto de conexión con la tierra.
